EL SILENCIO DE EGINALDA

         

Patricio Barrios Alday

 

          Eginalda Angélica María de Lourdes Sanhueza Albarracín es -por decisión personal, familiar y casi devocional- profesora de escuela primaria, aunque a ella siempre le gustó subrayar, acentuando orgullosamente la voz, que era Maestra Normalista. Claro, en la casi arqueológica Escuela Normal Vocacional de Maestros se formó, desde los trece y durante ocho años -aunque yo venía formada de antes, afirmaba sonriente en su fácil, espontánea y natural conversación-, en la rigurosidad, la ética, la importancia y la eficiencia de la educación antes de las pedagogías universitarias, de las mallas curriculares, de las reformas, de los autofinanciamientos, de las acreditaciones, de los colegios particulares y de la globalización.

          Eginalda Angélica María de Lourdes Sanhueza, hija y nieta de maestros; soltera, sin hijos, once sobrinos; como devota de la Virgen Dolorosa viste de negro cada quince de septiembre; sesenta años, treinta y nueve de servicio educacional ininterrumpido, con especialidad en Lenguaje y Comunicación; por excelencia en manejo del vocabulario y facilidad de improvisación oral nominada “maestra de ceremonias permanente” en cuanta actividad escolar existiera; vista su adscripción católica practicante y su acabado conocimiento de las Sagradas Escrituras oficia, también –con la debida autorización diocesana-, como Profesora de Religión.

         Eginalda Angélica María de Lourdes hace un mes que no emite palabra. Hace treinta días que su boca está cerrada (otra vez) y su voz suave y segura no se escucha en los pasillos de la escuela, en la sala de profesores, en el aula de clases, ni en el coro de la iglesia donde hace cuatro domingos, en la misa de doce –y sin pasar, como antes, por el viejo confesionario-, se ubica en el lugar de siempre, con la túnica de siempre, con las partituras de siempre, pero sin modular sonido ni realizar movimiento alguno. Sólo sus ojos se mueven siguiendo, como hipnotizada, los desplazamientos de manos y brazos del sacerdote mientras cumple el ritual dos veces milenario.

          Eginalda Angélica María no tiene problemas de salud, aunque el director ha insistido en que procure obtener un certificado médico por enfermedad profesional, dado los comentarios, las preocupaciones y las chanzas que empiezan a generalizarse entre los colegas, los padres y los alumnos.
Eginalda Angélica se sienta frente a su pupitre, revisa sus catecismos, pero el tiempo de su jornada lo ocupa, de manera principal, en la observación de las fotografías y la lectura de recortes de periódicos reunidos hace ya varios años en un archivador de gruesas tapas negras, sin nombre ni inscripción alguna que permitiera adelantar su contenido y que traslada, de un lugar a otro, pegado al exiguo busto con sus brazos cruzados como custodia protectora. De vez en cuando, se levanta, camina unos pasos por la cabecera del salón de clases, se detiene -dando la espalda a sus infantes alumnos que aprovechan la ocasión para intercambiar las respuestas de la prueba de la semana- y repasa como acariciando, una y otra vez, con los ojos cerrados, las cuentas del rosario heredado de no se acuerda ya de qué tía, mientras reaparecen desde la catacumba dolorosa de sus vergüenzas los rostros severos, las muecas libidinosas, las manos y las lenguas ásperas, los labios resecos que le cubren la boca, que recorren sus níveas y virginales carnes, que la asustan, que la desesperan, que la ahogan, que la obligan.

          Eginalda escucha, pero no habla. No quiere hablar. Sus palabras se perdieron hace tiempo –desde la primera información de periódico que guardó iniciando el ya grueso legajo-, enredadas, extraviadas, sin sentido alguno, entre las miradas y figuras inocentes de esos niños y esas niñas (como ella) y las noticias que hablan de aquellos otros ojos y aquellos otros cuerpos no inocentes, negadores de la palabra verdadera, que los miran los desean los tocan los acarician los penetran los amenazan con el fuego eterno, amparados en la autoridad sotánica, en la palabra mesiánica, en la verdad decimonónica, en su esdrújula desviación pedofílica.
-La situación no da para más. A esta vieja loca hay que echarla, es peligrosa para los niños –remachan insistentemente los padres en las reuniones de apoderados, reclamándole al director el despido de la maestra.
         

          No se dan cuenta de que su silencio es la prueba más tangible de su cordura.

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